lunes, 29 de septiembre de 2014

LIBROS RECIBIDOS


ANTONIO REQUENI

Poesía reunida


Antonio Requeni
por Antonio Berni




PIEDRA LIBRE


El padre juega con sus criaturas.
La cara vuelta contra la pared
y el brazo levantado hasta los ojos,
está contando como si llorara.
Y mientras cuenta sus criaturas crecen,
van por el mundo, suben escaleras,
se enamoran o estudian geografía.
Cuando termina de contar, el padre
entra en los cuartos y revisa muebles.
Apenas ve. ¿Quién apagó las luces?
Su voz, que ha enronquecido, los invita
a dejar de una vez sus escondites.
Y los hijos regresan, jubilosos.
¡Cómo han crecido! Son casi tan altos
como los sueños que en su juventud
solían desvelarlo dulcemente.
¡A contar! ¡A contar! ―exclama el padre.
(Los grandes siempre vuelven a ser niños).
Y los hijos se apoyan contra el muro,
hunden la frente entre los brazos. Cuentan.
Y mientras cuentan ―once, doce, trece…―
el padre se va haciendo pequeñito.
Cuando terminan de contar lo buscan.
Lo buscan pero el padre no aparece.
Se ha escondido debajo de la tierra.


*


LIMA


En Lima nunca llueve,
por eso lavan las estatuas
que se alzan, como náufragos, del polvo.
En Lima hay muchos templos con altares
de plata y oro. Y por la calle cholas
llevando un hijo y el destino a cuestas
(nada sueñan o aguardan sino, acaso,
la total indigencia de la muerte).
En Lima aún hay palacios y mansiones
con balcones y rejas voladizas.
Pero todos los pájaros se han ido.
En Lima compran huacos los turistas
y visitan los restos de Pizarro.
Aquí habitó de niña Santa Rosa.
Allá la casquivana Perricholi.
Merodean mendigos
los espesos mercados, las iglesias.
En Lima vivió Arguedas; yo iba a verlo
cuando el Cholo Valencia me detuvo.
“Se suicidó ―me dijo― esta mañana”.


*


EL CISNE DE TUONELA
          (Sibelius)


Mientras los hombres duermen
como en su cápsula el gusano,
ya sin amor y sin nostalgia, altivo,
su imagen se desliza en las extáticas
ondas nocturnas de la música.
Al frágil resplandor se yergue el tallo
de su cuello, su cuello que aún sostiene
dos encendidos jaspes y una boca
que modula la lúgubre elegía.
Blanco espectro, jazmín de las tinieblas,
lejano y desdeñoso
como un alma que fluye
por las aguas del río de la muerte.
Sólo su estela de misterio
queda temblando en la penumbra.
Lento, profundo, numinoso
silencio de la noche en las orillas.


*


MARIANA


Mi mano tiembla al escribir tu nombre.
Fue tan breve tu sueño.
Cuerpo que apenas proyectaba sombra
sobre el diurno milagro de la luz,
y de pronto la Noche.
Un insomnio de blancos delantales.
El reptar sigiloso de la fiebre.
Las agujas clavándose en las venas
y unos labios besándote, sombríos,
cuando ignorabas todavía
el roce de los labios del amor,
cuando el cielo ya huía de tus ojos
y el tiempo era una guirnalda seca,
muda fragancia, resplandor amargo,
el fino tallo de una flor cortada.
Hoy, en tu aniversario,
regresa a mí la dolorosa imagen;
tu levedad yacente entre las sábanas,
el frágil peso de la muerte, toda
la inocencia del mundo
sobre una cama de hospital.
Mi mano tiembla cuando, al recordarte,
escribe estas palabras que se inclinan
como tú, aquella noche,
hacia el Silencio.


*


EL VASO DE AGUA


Cuando me acuesto, desde que era niño,
pongo a mi lado un vaso de agua.
Al apagar la luz, si lo contemplo
brillar en la penumbra, me imagino
que el agua es otro nombre de mi madre
y estoy seguro de que, ya dormido,
alumbrará el acuario de mis sueños.
Sombra, misterio, música nocturna
que bebo a lentos sorbos o me bebe.
¿Eres tú quien me sueña en ese extraño
país donde algún día nos veremos?
¿Dormir es un ensayo de la muerte?
Por las mañanas, cuando me recuerdo,
muchas veces el vaso está vacío.
Y vuelvo, desganado, a la rutina
de calles y de rostros, mientras llega
la oscuridad, el rito silencioso
de llenar nuevamente el vaso de agua
para ponerlo al lado de mis sueños
y saber que allí estás, que me proteges,
que hay algo puro en medio de la noche.


*


ROMA ― AMOR


Yo palpé tu misterio aquella tarde
de Roma, junto a mármoles vetustos
y abiertos como labios de una fuente.
Tu palabra fue allí esa nota líquida
que alzábase y caía, resbalando
entre murmullos y salpicaduras.
Lo recuerdo: la luz se desnudaba
detrás de las columnas, lentamente.
Sonreía, sutil, la Primavera
y era en la cruz el Cristo igual a una
pálida mariposa con las alas pinchadas.
Entonces, en el cuenco de mis manos,
retuve unos instantes el prodigio.
Y vi en su fondo un titilar de estrellas.
Bebí, gozoso, su secreta música.
En la emoción de Roma, de unas calles
vencidas de memorias y hermosura,
ante el cristal de eternidad del agua,
yo rescaté la gracia de sentirme
enamorado del amor, el huésped
de unos viejos espacios donde flota
ese ciego perfume que es el tiempo,
la inmortal juventud de la poesía.


*


CARTA A JORGE CALVETTI


Querido Jorge:
                         Ya no estás, es cierto,
pero hoy quisiera conversar contigo
como en aquellas noches del diario,
entre galeras, cables y la música
de los viejos pianitos de escribir.
Mucho ha cambiado todo, sin embargo
yo sigo amando la poesía, aquella
que nos hizo vibrar y sentir juntos
el misterio sutil, la delicada
revelación de los inefable. Ahora
los poetas no cantan, sus palabras
ya no conmueven, niegan o desprecian
melodía, belleza y emoción.
Mucho ha cambiado la poesía, el mundo,
y yo estoy solo, náufrago en la isla
de una ciudad que alguna vez fue nuestra,
“esa ciudad ―como dijera Borges―
que también se llamaba Buenos Aires”.
Yo aquí en la tierra, vos en otro cielo,
el de Jujuy tal vez, junto a paisanos
que fueron tus amigos, recorriendo
celestiales laderas y quebradas
en tu yegua “la Loca”, recitando
poemas de Virgilio o Mastronardi.

Quiero decirte, Jorge, cuánto añoro
tu palabra de hermano y de maestro,
tu permanente ejemplo de poeta,
la lección de tu clara honestidad.
Es probable que el tiempo nos olvide
y vos y yo seamos algún día
como el soldado aquel, desconocido,
de la columna de Trajano en Roma
(en la poesía que me dedicaste).
¿Pero qué importa? Fuimos unos años
compañeros, hermanos, nos unieron
el fervor del poema y la amistad.
Eso consuela, al fin, de la distancia,
la incomprensión, el tedio, la impotencia.
Quería hablarte de estas cosas, Jorge,
vaciar el corazón, dar testimonio
de lo que acaso un día, de estar vivo,
me habrías reprochado. ¿Quién lo sabe?

Adiós. Te envío un fuerte abrazo,
                                                       Antonio.


*


OCTOGENARIO


No quiero, no quisiera despedirme
de todo lo que amé, pero es preciso
decirle adiós a la felicidad,
al sol entre las hojas del verano,
a unos versos queridos, a la música,
a aquel niño que fui, a aquel muchacho
que anhelaba el amor y los viajes,
el milagro del arte y la belleza.
Estoy viejo, lo sé. ¿Pero estoy viejo?
Los errores del cuerpo lo confirman,
pero mi corazón herido se rebela,
se resiste a pensar que todo acaba,
que está cerca la noche y su misterio,
la nada horizontal, toda la nada,
eso que llaman muerte.
No quiero, no quisiera despedirme
del diario despertar, de la costumbre
del beso de los hijos de mis hijos,
del ser y estar entre la maravilla
y la inconsciencia de vivir. Es cierto,
estoy viejo, lo sé, pero aún me quedan
las palabras que escribo y que me escriben
para decir ahora lo que quiero;
estas tal vez efímeras señales
de un hombre que pasó por este mundo.


*


LA POESÍA


Temblorosa, como una flor desnuda,
te descubrí en la infancia. Simplemente
un susurro, un aroma por la frente,
tu luz en mi palabra ciega y muda.

Como quien ama y con su amor se escuda
de la monotonía de la gente,
conmigo te llevé secretamente,
razón del sueño entre mi fe y mi duda.

Fuiste el misterio y la belleza, todo
lo que en tu nombre amé y hoy es el modo
de una nostalgia que a vivir me ayuda

cuando abro un libro y vuelves, temblorosa
―susurro, aroma, luz, desnuda rosa―,
con Garcilaso, Rilke, Banchs, Cernuda.





[De: Antonio Requeni, Poesía reunida
Academia Argentina de Letras, Buenos Aires, 2014]




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